Cómo demostrar que has sido violada

250px-gentileschi_judithEl cuadro a la izquierda se llama “Judith decapitando a Holofernes”. No es el cuadro de Caravaggio, donde vemos a Judith como una joven temerosa. Este cuadro fue pintado por Artemisia Gentileschi. Artemisia fue una artista del siglo XVII, quien a los 17 años ya había terminado su primera obra (Susana y los viejos). En 1612, a los 25 años, su maestro Agostino Tassi la violó. Fue condenado a un año de cárcel. Para conseguir esta pena, Artemisia, aparte de ser de la alta sociedad italiana, tuvo que someterse a tortura para comprobar que decía la verdad y la violación había ocurrido. A raíz de este hecho, Artemisia pintó Judith decapitando a Holofernes representando sus propios rasgos en Judith, y los de Tassi en el sufrimiento e incredulidad de Holofernes.

Nuestro primer contacto con el concepto violación se produce por los medios o por la literatura. Nuestras madres nos advierten en palabras mudas, como la madre de Caperucita hablándole de los peligros del bosque sin mencionar al lobo. Todavía recuerdo la primera violación que leí (Lady Aliena en Los Pilares de la Tierra). Sin embargo, escondido debajo del horror que nos produce descubrir esta realidad, existen unos sutiles mensaje. Una especie de código de conducta sobre cómo debe comportarse una mujer ante una violación y cómo va a comportarse la sociedad a partir de ahí. Y tú, preadolescente, absorbes todo esto.

little-red-riding-hood-childrens-story-3Lo primero que aprendes es que una mujer siempre va a reconocer que ha sido violada. No en el sentido de admitirlo públicamente, puesto que eso es avergonzante y la víctima necesita mucha confianza para abrirse. No. Una mujer siempre va a identificar que ha sido agredida, va a poder tipificarlo como “violación” y va a dar los pasos pertinentes. También aprendes rápido que en una violación hay dos juicios: el de la segunda mitad del capítulo al violador y el de la primera mitad del capítulo a la víctima. Si yo denuncio que me han robado el coche y lo encuentran en casa de alguien, por mucho que él diga que yo se lo presté la denuncia en un principio se hará creíble, sin que yo tenga que esforzarme en por qué le conocía o no, dónde dejé las llaves o por qué se lo podría haber prestado y ahora me estaría arrepintiendo.

Esto es muy parecido al tratamiento medieval de las violaciones. La mujer agredida, si quería ser creída, debía de mostrar un gran escándalo público y rasgarse las ropas. Tenía de representar perfectamente su dolor para convencer de que ella no había perdido voluntariamente su honra, aunque ello significara humillarse públicamente. Porque, otra de las cosas que aprendes, una violación para ser cierta deja mancha. De hecho, en la Antigüedad el problema no era el consentimiento, sino el daño de una mercancía intrínseca a una mujer: la honra. Mal traduciéndolo a palabras del siglo XXI, tu valor por seguir las normas de conducta de tu género y ser fiel a los hombres de tu entorno. Para esto, también tenías que demostrar que te habías defendido. Aunque el instinto te pida quedarte quieta ante un individuo del que no puedes huir, y mucho menos ganar en una pelea, debes de retorcerte y arañarle, sacar su ADN o alguna pista. Si no peleas por lo más valioso que tienes, entonces es que no vale nada.

Por ello, en la Antigüedad y en muchos paísesel-que-rompe-paga hasta hoy o antes de ayer, la solución más práctica era casarte con tu violador.  De esta forma se reparaba tu honor como mujer, así que la agresión estaba cumplida. Esto, que puede parecernos una idea dolorosamente absurda, sigue ocurriendo en la ficción. Sigue ocurriendo que a las víctimas se les obliga a mantener una relación con el violador para estar reparadas. ¿Cómo? Forzándolas a ir a Urgencias para someterse a exploraciones ginecológicos y toma de muestras, no dejándolas lavarse hasta que haya concluido todo el examen. Ignorando sus miedos y decisiones presionándolas en ruedas de reconocimiento, en repetir testimonios, en detalles que ellas preferirían desterrar. “Si no quieres colaborar, él podrá volver a violar a otras mujeres”, y la policía te mira fuerte a los ojos para enterrar el chantaje bien dentro de ti. Te advertirán una y otra vez que los más mínimos detalles de tu vida privada subirán al tribunal, cuántas parejas sexuales has tenido, qué tipo de porno ves, por qué decidiste beber ese día. Las mismas preguntas que en él resultarán atenuantes y no se merece ver juzgada su vida por un solo mal acto. Pero la tuya sí. Y para siempre.

Y la misma policía que te mira a los ojos exigiéndote colaboración, te hablará de que no puedes recuperarte si no pasas por este proceso de humillación pública y autoexposición. La propia película te enseñará lo dañadas que están las mujeres que no lo hicieron, locas, histéricas, en chándal y ojerosas. Te harán pasar por este proceso aunque sepan que no hay ninguna garantía, porque resulta que tu única posibilidad de recuperarte de esto es gracias a tu agresor.

Ya sabes cómo demostrar que has sido violada. Pero también sabes que tu personaje no es un guión que vayas a olvidar cuando se termine el capítulo.

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Soy médico y además me gusta escribir. Soy una de las co-creadoras de El Violeta es el nuevo Negro. Me gusta ver Netflix, los blogs de autoras femeninas y pensar en lo que podría ser una buena historia.

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