El cuento de la criada

Al recordar que hace años había leído ya un libro de Margaret Atwoood, Penélope y las doce criadas, en el que reescribía una historia clásica dando voz a las mujeres que no la habían tenido, me he animado a leer la reedición de la editorial Salamandra (2017) de El cuento de la criada. Se trata de un libro del que se ha hablado bastante en algunos medios de comunicación y en ambientes feministas a raíz de la aparición, este mismo año, de una serie de televisión basada en él (de peor calidad y con demasiadas explicaciones) como si el espectador fuera tonto) a pesar de haber sido escrita en 1984 y servir de inspiración en su momento para una película, una ópera y un ballet. Actualmente, se está trabajando en una novela gráfica. Margaret Atwood es, junto a Alice Munro, una de las escritoras canadienses más conocidas que, además, han trabajado diferentes géneros literarios. El germen de esta novela le surgió durante el período que vivió en una Alemania aún separada por el telón de acero y, basada en distintos acontecimientos históricos, le sirvió para crear una ficción especulativa donde la historia gira en torno a una criada que deja testimonio de cómo son utilizadas para dar hijos e hijas a parejas infértiles que se encuentran en la élite de la sociedad.

cuentoEsta clase de distopía, la relacionada con la situación de las mujeres en el mundo y sus roles en la sociedad, la han abordado otros autores como Úrsula K. Leguin con La mano izquierda de la oscuridad (sexualidad cambiante), Mariana Márquez en el relato Las cosas que perdimos en el fuego recogido en el mismo nombre (mujeres que se queman a sí mismas hartas de ser rociadas por sus parejas), Charlotte Perkins-Gilman en Herland (país gobernado solo por mujeres) o Gred Banterberg en las hijas de Egalia (sátira sobre el intercambio de roles entre los sexos). El cuento de la criada está escrito en primera persona, en forma de testimonio. Un testimonio que la protagonista oculta con el fin de que algún día lo que han vivido muchas como ellas llegue a conocimiento del resto del mundo. Es una lectura, lenta, reposada que tiene que ver mucho con el mundo interior y psicológico de los personajes pero que no resulta densa. Quizás, la parte más floja sea el final, no por la forma de acabar sino porque va dirigido de forma intencionada a dos tipos de lectores. Uno, el lector real donde podemos especular con el destino de la protagonista. Otro, un lector ficticio que aparece recogido en el propio texto, unos congresistas que debaten, tras encontrar el testimonio, sobre qué sucedió y que en mi opinión podría prescindirse de él porque puede condicionar demasiado a la lectora en sus conclusiones y desluce el final.

La novela, de alguna forma visionaria (aunque ya existía el comercio del embarazo  a finales de los años 70 en Estados Unidos), nos puede servir para acercarnos desde un punto de vista literario al debate abierto sobre la gestación subrogada, su significado, sus implicaciones éticas y sociales y cómo afecta a la libertad y a la vida de las mujeres.

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