Porque #YoTambién lo he sufrido.

Voy en el metro leyendo a Rebeca Solnit y todas las veces que Los hombres le han explicado cosas. Me estremezco leyendo en las páginas de su libro las cifras de una violencia que me duele: cada 6,1 minutos se denuncia una violación en EEUU y 1 de cada 5 mujeres sufrirá una violación a lo largo de su vida. Busco el dato de mi país: en España, se produce una violación cada 8 horas. Miro datos de la ONU: 1 de cada 3 mujeres y niñas experimenta violencia a lo largo de su vida. Se me cae una lágrima de impotencia y rabia. La chica de enfrente me mira con curiosidad, y yo la miro a ella preguntándome si también habrá sufrido algún tipo de violencia por parte de un hombre. Me entristece pensar que lo más probable es que sí.

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Leo a Rebeca contar una anécdota sobre como en una clase de universidad se le preguntó al estudiantado qué medidas tomaban para protegerse frente a las violaciones. Mientras que las mujeres de la clase describieron las mil maneras en las que se mantenían alerta, tenían cuidado, limitaban su acceso al mundo, tomaban precauciones y tenían siempre presente esta posibilidad, los hombres se quedaron mudos de la sorpresa. “El abismo entre sus mundos se había vuelto breve y repentinamente visible” dice Solnit.

Llego a mi parada, guardo el libro y empiezo a subir la cuesta que hay del metro a mi casa. Noto a alguien detrás. Comienzo a andar más rápido. No hay nadie más en la calle. Saco las llaves del bolso y las agarro fuerte en mi mano. Me está siguiendo. Me chista y me dice “¿a dónde vas, guapa?“. Cojo el móvil y finjo una conversación de teléfono (¿cuántos hombres han tenido que hacer esto a lo largo de su vida para protegerse frente a otra persona?). Ando más rápido pero él también. Sólo hay 700 metros desde el metro a mi casa, pero se me hicieron eternos. Llega hasta mí, me vuelve a preguntar que dónde voy y vuelve a decirme eso de “guapa”, como si eso hiciera más amable a un hombre que a la 1 de la mañana te persigue por la calle o tuviera que darle las gracias. Me toca. Me asusto bastante pero me atrevo a decirle, aunque casi se me rompe la voz, que me deje en paz, y corro. Mi casa estaba muy cerca, no sé cuál habría sido el final de esta historia con otras distancias.

Llego a mi casa con los ojos empañados, me tiemblan las piernas, me noto que respiro demasiado rápido. No es la primera vez que me pasa algo así, ni la peor, pero el miedo no se va. Siento que esta vez se le suma la rabia. No paro de pensar en Rebeca Solnit y en esa clase de universidad. ¿Para cuándo estrategias para no agredir, violar y asesinar, en lugar de estrategias para defenderse y protegerse?

Esa noche duermo fatal.

Si piensas que todo lo anterior es exageración, es que has normalizado el acoso.

Al día siguiente me conecto a redes sociales. Alyssia Milano había comenzado una campaña en redes sociales utilizando el hashtag #MeToo (#YoTambién) para alentar a las víctimas de acoso sexual a dar su testimonio en las redes sociales y visibilizar la magnitud del problema.

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“Yo también. Sugerido por una amiga: Si todas las mujeres que han sido abusadas o acosadas sexualmente escribieran ‘Yo también’ en sus perfiles, quizás podamos transmitir la magnitud del problema”

A partir de este momento empiezo a ver como los perfiles de muchas de mis amigas, compañeras e incluso mi madre se llenan de mensajes e imágenes clamando #MeToo o #YoTambién. Hay algo que se me mueve por dentro al ver este movimiento lleno de sororidad, de valentía, de mujeres fuertes denunciando públicamente la realidad, de diversidad…pero también de exposición. Exposición de algunas de nuestras historias más dolorosas a la opinión pública. Exposición de nuestros recuerdos, vivencias y heridas emocionales ante el resto del mundo para visibilizar que esto ocurre, porque parece que con decirlo no es suficiente, también tenemos que demostrarlo y justificarnos.

¿Cuándo se van a exponer ellos? ¿Cuándo van a ser ellos quienes se desgarren frente al mundo contando todas las veces que acosaron o no hicieron nada cuando otro acosaba? ¿Cuándo campañas dirigidas a que ellos no agredan y no a que nosotras nos defendamos o denunciemos?

Mientras que #MeToo se hacía Trendig Topic en Twitter y era compartido por miles de mujeres en todo el mundo, un amigo me dijo que el feminismo ya no es necesario. Otro me contó que él sufre mucha discriminación de parte de las mujeres por ser hombre; invisibilizando, con sus palabras, la pandemia de violencia brutal que sufren las mujeres en todo el mundo a través de su vivencia individual.

Me costó compartir en mis redes que #YoTambién había sufrido acoso. Siempre cuesta abrirte en canal para rememorar vivencias dolorosas. Pero mis compañeras mujeres me dieron fuerza para unirme a este movimiento, y los comentarios de mis amigos hombres me terminaron de convencer de la necesidad de visibilizar este problema mundial.

Mi #YoTambién, y estoy segura que el de muchas mujeres, está lleno de rabia, impotencia y dolor. Pero también de fuerza, lucha y esperanza. Estamos en el camino de cambiar las cosas y no vamos a parar hasta conseguirlo.

Este no es un problema aislado. Más de un millar de mujeres son violadas por hombres en España cada año. Es un asunto de derechos humanos, un problema que atañe a todo el mundo. Y esto tiene que cambiar. Es tu responsabilidad el cambiarlo, y la mía, y la de todas las personas.

Porque, como dice un eslogan del movimiento feminista, “de camino a casa no quiero ser valiente, quiero ser libre“.

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PD: Una compañera ha creado una petición en change.org para pedir a la ciudad de Madrid medidas y acciones contra el acoso callejero. Cuantas más luchemos por esto, más grande será nuestra fuerza.

https://www.change.org/p/manuela-carmena-el-acoso-callejero-nos-estrangula-a-todas-basta-ya

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Psicóloga especializada en infancia, adolescencia y educación, ese espacio donde la sensibilización en la igualdad de género tiene una especial relevancia, porque las niñas y niños que concienciemos hoy, serán las personas que luchen por la igualdad mañana. Feminista (y sin miedo a decirlo) desde que me puse las lentillas moradas y pude ver la gran desigualdad que rodeaba a mi género.

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