Reflexiones sobre violencia de género

En la televisión, en la radio, en Internet: todos los días nos hablan sobre la violencia de género. Tristemente casi todos los días vemos anunciado el 016 en  algún programa. Sin embargo,este tema es una de las preocupaciones menores en España. Aunque la cifra de asesinadas suba.  Estas son las reflexiones sobre violencia de género de esa gente que ve las noticias y compra la prensa.

Una de las cosas maravillosas de la medicina de familia es en qué te especializas. Un neumólogo debe saber mucho del pulmón, y un cirujano general de anatomía y técnicas quirúrgicas. En medicina de familia hay que saber mucho de tu gente y en qué ambiente se mueve.  Pero igual que en nuestra función está el detectar una diabetes, tratarla y explicar al paciente cómo prevenir sus complicaciones, está el detectar problemas en el ambiente, tratarlos y prevenirlos.

Por el día de la violencia de género montamos en nuestro centro de salud una mesa informativa.  Tres doctoras con bata, porque uniformadas parece que la información es más seria, nos pusimos detrás de los panfletos y folletos informativos. Sorprendentemente, la mayoría sobre violencia en adolescentes.

La mayor parte de gente que pasó por delante de la mesa no se acercó.  Entiendo a los que simplemente pasaban de largo. Pero me duele aquellos que pasaban y al ver de lo que hablábamos, se alejaban. No querían ni chapas gratis. Éramos invisibles. Es como si este tema trajera mala suerte, una especie de contagio. ¿Todos aquellos hombres que pasaban de largo agachando la cabeza se plantearían si ellos son una especie de maltratador? Probablemente no lo sean, pero no maltratar no significa no ser parte del problema.

Muchas mujeres con maridos jubilados de esos que entran en pareja a la consulta agarraban a sus señores del brazo para acercarse. Si ellos se acercaban, solían contestar “a los que maltraten corte al cuello, ¡y a las que maltratan también!” Y se iban a hacer cola para pedir las citas. Cuando ellas se quedaban solas, les preguntábamos:

“¿Usted qué piensa de la violencia de género” 

 

Algunas de ellas se enfadaban. Te decían que no entendían por qué las chicas de hoy, con nuestros estudios y nuestros trabajos, no salíamos de esas relaciones. Y entonces añadían que ellas tuvieron suerte,  pero que muchas amigas habían tenido que aguantar.  Cuando nos decían que alguna de sus amigas todavía “aguantaba”, cogíamos un libro sobre problemas de la violencia de género de  la salud y se lo dábamos. Para que viera que “aguantar” también puede ser una enfermedad.

Otras mujeres se llevaban panfletos preocupadas por las nietas. Si tenían nietos, les explicábamos que ellos podían ayudar a una compañera de clase o cortar un amigo. De repente nos miraban extrañadas, como si no se les hubiera ocurrido que a ellos también pudiera interesarles. Como si fuera un tema de muchas, pero de unos pocos malotes sueltos. La palabra malotes se repetía en boca de familiares, igual que institutos, como si el aumento de la violencia de género en la población de entre 17 y 24 años se debiera a los que fuman en la puerta antes de entrar en clase.  Pero las que tenían nietos también terminaban llevándose la información.

“Malotes”

 

Afortunadamente, se acercaron algunos chicos jóvenes que iban a consulta. Un profesor de educación física nos dijo lo difícil que era parar algunas expresiones. Que se sentía sobrepasado por ciertos comentarios,  especialmente cuando los decían los más pequeños. Se llevó varios folletos para el centro. Otro en la Universidad nos contó que dependía, que en la mayoría de grupos estaban bastante concienciados pero en otros el contenido machista era repetitivo.

Un par de mujeres se nos acercaron, nos escucharon atentamente y después dijeron “la información no me hace falta porque lo he vivido”.  Una de ellas miró los folletos de adolescentes, levantó la cabeza y dijo que ella era una mujer con carácter. Que siempre había tenido genio, vaya. Pero que a ella también le ocurrió. Y que parece que una siempre tiene en la cabeza la idea de una mujer de mediana edad, con chaqueta de lana y un moratón mal disimulado en el ojo cuando no era así. Porque a ella le pasó. Y a otras muchas, claro.

Me gustaría hablar también de una señora de unos 80 años se acercó a nuestra mesa. Nos dijo que le daba mucha pena y mucha rabia aquellas  mujeres que salían matadas por los maridos. Le preguntamos cómo era en sus tiempos. Ella nos dijo que “había tenido suerte” pero que no era tan fácil irse. Y que aún así, su madre cuando se casó le dijo “hija, a tu marido no le rechistes, si él te levanta la voz tú ni mu”.  “¿Y qué ocurría si su madre no se callaba con su padre?” La señora hizo el gesto de sacudir la mano.

Me pregunto,  ¿cuántas y cuántos nos criamos con ese mensaje adaptado al siglo XXI? ¿Que cuando papá grita lleva la razón? ¿Cuántas veces un profesor no sabe actuar ante una agresión machista en su propia clase, como que uno de los alumnos le corte la falda en clase a su novia porque no le gusta? ¿Por qué los libros más promocionados entre las adolescentes fetichizan las relaciones de maltrato?

Cuando muchos pacientes nos preguntaban qué se podía hacer, como si tuviéramos la razón por llevar bata y haber puesto una mesa en un pasillo, siempre hablábamos de educación. Pero explicábamos que educación era el reparto de las tareas domésticas. Eran las series tan soeces que se entretenían viendo padres e hijos, normalizando el machismo. Son los vídeos de Whatsapp que te pasan tus colegas del fútbol. Y por eso, por un momento, entendían algo de lo que iba el tema y nos cogían un folleto.

 

 

 

 

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Soy médico y además me gusta escribir. Soy una de las co-creadoras de El Violeta es el nuevo Negro. Me gusta ver Netflix, los blogs de autoras femeninas y pensar en lo que podría ser una buena historia.

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